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Zinedine
Yazid Zidane nació en Marsella, Francia el 23 de junio de 1972, sus padres
son argelinos (Smail y Malika) y tiene cuatro hermanos, Djamel, Farid,
Nourredine y Lila.
Desde muy pequeño sintió afición por el deporte, a los cuatro años ya
montaba en bicicleta y a los seis empezó a practicar el judo. Pocos años
después acudía al estadio de Marsella y se enamoró del que considera un
jugador maravilloso, Enzo Francescoli, que por entonces jugaba en el
Olympique y al que aún admira por su juego en el River Plate.
Recuerda especialmente el 3-0 que el Girondins le endosó al Milán en Burdeos en los octavos de final de una Copa de la UEFA de la que fueron subcampeones. Quizás aquel partido, junto con la gran temporada del equipo en Europa le valió el pase al Calcio y la proyección mundial. Con el Girondins disputó 34 encuentros de Liga y marcó seis goles en la última temporada. Zidane se moja y opina que el Balón de Oro de 1996 conseguido por Sammer no es justo. Muchos en Turín creen que el del 97 puede ser para él. Mientras tanto, Zinedine disfruta de la pasta italiana y aprende italiano para poder entender las películas en el cine, que era su gran pasión en Marsella, donde acudía dos o tres veces por semana.
Muchos le comparan ya con Platini, pero él cree que sólo tienen en común la posición en la que juegan, ya que piensa que tiene aún mucho que aprender para llegar a la altura del mítico 10 francés, que también vistió la blanquinegra de la Juve, un viejo sueño de Zidane. Zinedine es rápido, potente físicamente y
tiene una excepcional calidad técnica y visión de juego. Pese a actuar en el
centro del campo suele conseguir un buen número de goles gracias
Lo había conseguido, había entusiasmado con
su juego, había conquistado títulos como el Scudetto la Supercopa de Europa,
y la Copa Intercontinental con la Juve. Había llegado al la final de la
Champions League en dos ocasiones, y quizás esa era asignatura pendiente,
ganar la tan preciada Copa de Europa. En verano de 2001, Zinedine ficha por el
Real Madrid, Zizou llega a un equipo plagado de estrellas esperando
conseguir el único título que le quedaba por ganar, la Copa de Europa. El 25 de mayo de 2002, Zidane cumple su sueño de ganar la Copa de Europa, en una final inolvidable en la que marca el gol de la victoria, el Real Madrid logra su novena Copa de Europa, y Zizou, gana, en reconocimiento a su gran temporada el título de Jugador Más Valioso del campeonato.
Sería injusto resumir la trayectoria deportiva de Zinedine Zidane en el Real Madrid por aquel remate imposible en la consecución de la Novena Copa de Europa. Podría ser acertado, porque podía ser el mejor resumen de cinco temporadas plagadas de jugadas geniales, gestos maravillosos e infinitos ratos de un fútbol que, ojalá no se de el caso, pero que puede que jamás se repita en el Santiago Bernabéu. Por eso, y para que su estela vaya más allá de aquella volea, sería de justicia rememorar aquellas acciones que siempre serán subrayadas cuando se nombre al inolvidable Zizou. Tanto en el Campeonato de Liga, como en la Liga de Campeones, como en los torneos internacionales (Supercopa de Europa o Intercontinental), ha dejado su impronta de, porqué no, su reconocimiento como uno de los grandes, de los más grandes, de la historia del fútbol. (2001-02) Una vez cerrada su contratación, Zidane tuvo que aclimatarse a la ciudad, a un equipo que venía de éxito tras éxito y a un fútbol que no conocía. Le criticaron y dudaron de su capacidad. Y cómo no, a base de fútbol, del que sólo un superclase como él puede hacer gala, salió adelante. Inició su andadura en la Supercopa de España, levantando el título y congregando a miles de madridistas en el Santiago Bernabéu en pleno mes de agosto. Desde aquel primer gol en la Liga (ante el Betis), que dejaba atrás su complicado debut en Mestalla en un partido bronco, hasta su primera aparición en la Liga de Campeones… Zizou empezó a destilar gotas de su calidad. Fue Vicente del Bosque el técnico que le acogió en su temporada inicial. Se abrían debates sobre su ubicación, que si caído a la izquierda, que si detrás del delantero, que si por delante del medio centro, que sí… Sólo quedaba que la máquina carburara a pleno rendimiento. Aquel “¡¡Oooohhh!!” de la afición del Sparta de Praga ante la roullette de Zidane en su visita a la capital checa, dio paso a múltiples encuentros donde fue el gran protagonista. En Europa, dio forma a una banda izquierda temida junto a Roberto Carlos. Su conexión, su manera de entenderse, de jugar con la pelota, de desquiciar a los rivales, dio triunfos de relumbrón en el ejercicio que se cerraría con la Novena Copa de Europa, de la que cualquier comentario quedaría nimio por lo escrito hasta la fecha. Logró su tan anhelado trofeo… pero antes, había paseado su talante por los campos de España. Uno de ellos fue el Camp Nou, donde anotó tanto en la Champions con en el torneo doméstico. Aunque de ese ejercicio, más allá de actuaciones sublimes –como la ofrecida ante el Deportivo-, quedó una imagen casi imposible al controlar un balón en el malacitano campo de La Rosaleda. Pudo redondear su año inicial con la Copa del Rey, pero aquella maldita noche, un soberbio cuadro gallego impidió que lograra saludar a Su Majestad como campeón del torneo del K.O, decepción que se prolongó en el Campeonato del Mundo debido a la sobrecarga de partidos que sufrió por el agotador calendario. REY DEL MUNDO, EUROPA Y ESPAÑA (2002-03) Segunda temporada, tercer
título. Porque en Mónaco, y ante el Feyenoord, levantaba la Supercopa de
Europa horas antes de que Ronaldo pasara a engrosar la plantilla del Real
Madrid. Era una ilusión que mantenía desde la aparición del Fenómeno
al más alto nivel. Juntos, iban a destrozar defensas rivales por la
complicidad que existía entre ambos. Precisamente, el día que el Bernabéu
aguardaba impaciente la presencia de Ronie, Zidane dejó uno de sus
destellos. Controló un balón llovido del cielo, la dejó muerta, mandó
a Abelardo al córner tras un regate, y puso en la escuadra del Alavés un
remate de categoría. Estaba enchufado y enrachado. Su estado de forma quedó
patente en un partido, a priori, de rango menor. En Atenas, ante el AEK, y
cuando el bregador cuadro heleno tenía contra las cuerdas a los blancos, él,
junto a Guti, dio una lección de carácter… y de fútbol. Refrendó su
condición de mejor futbolista del mundo en diciembre, cuando ante el Olimpia
en Japón, ayudó a levantar la Copa Intercontinental a sus compañeros. El
mundo estaba a sus pies.
Cerraba el 2002 con tres trofeos y con el público entregado a su causa. El año que se abría lo iba a hacer con un recital. Ni la lluvia, ni la dureza del Valencia, impidieron que el ‘5’ abriera la caja de sus recursos para liderar al Madrid a un triunfo que allanaba el camino hacia la consecución de su primer título de Liga que llegaría en el mes de julio ante el Athletic. Aunque antes, prosiguió su idilio con la Liga de Campeones en dos actuaciones dignas de ser recordadas. La primera, en Old Trafford el día del hat-trick de Ronaldo cuando el Madrid aseguraba el pase a la siguiente ronda. Y por último, aunque de sabor agridulce, un partido intenso, lleno de ritmo, de ocasiones… y de mala suerte ante la Juventus en semifinales. Aquel 2-1 del Bernabéu fue insuficiente en Delle Alpi, pero sirvió para demostrarle a la Europa futbolística quién marcaba los tiempos en el balompié. SIETE MESES DE LOCURA (2003-04)Para ser fiel a sus costumbres, inició su tercera temporada con un título más: la Supercopa de España ante el Mallorca en el estreno de Beckham en el Bernabéu. Con Carlos Queiroz en el banquillo, y un Real Madrid pletórico e intratable tanto en España como en el Viejo Continente, Zidane manejaba los hilos a su antojo. Conectaba con Raúl, sintonizaba con Ronaldo, se intercambiaba con Figo y jugaba a pases teledirigidos con Beckham y Roberto Carlos. Así llegaron las exhibiciones ante el Valladolid (7-2) o el Racing (3-1) . En la Copa de Europa, el destino quiso que se cruzara con el equipo de su infancia: el Olympique de Marsella. En Madrid, maravilló a sus compatriotas (4-2), y en la localidad marsellesa sólo pudo agradecer el recibimiento y el trato dispensado por sus conciudadanos. Caminaba firme el equipo, e imponía a su paso Zizou. Tiempos en los que calentaba el gélido estadio de Zorrilla o hacía vibrar al Bernabéu con movimientos inimitables ante el Celta. Líderes en España, máximos favoritos en Europa, y dejando rivales en la cuneta en la Copa del Rey. Eran tiempos de esplendor que prosiguieron en los albores de 2004. Se lució ante el Bayern Munich en una eliminatoria eléctrica que se resolvió gracias a un tanto suyo hasta que… el equipo se bloqueó. Caprichos de la competición, del destino o de, sencillamente el fútbol, se acabó la gasolina. Derrota en la final copera ante el Zaragoza, eliminación inesperada ante el Mónaco tras golear en la ida, y pérdida de la distancia con el Valencia en la Liga. Zidane sufría, pero aún hubo tiempo para que dejara un nuevo recital. El Sevilla, equipo al que más goles ha marcado en su trayectoria como madridista, sufría, bajo un tremendo aguacero, la vuelta del francés. Sólo la Supercopa de España engrosó sus vitrinas en un ejercicio que estuvo a punto de ser histórico.
Aquellos problemas que habían marcado el cierre de la temporada anterior continuaron en la que se iniciaba, ya sin su presencia en la selección francesa. Había decidido, tras años de múltiples viajes, concentraciones, días fuera de casa y cansancio acumulado, centrarse en su familia y en el Real Madrid. No quería distracciones, también tenía presente el precio que había pagado en el Mundial de 2002, y quería ser justo con su carrera deportiva. Tardó en carburar su maquinaria, y la mejor versión de Zidane ese año aparecería en 2005. Pasaron Camacho y García Remón por el banquillo, antes de que el galo empezara a sentirse todo lo cómodo que necesitaba sobre la cancha. Marcó el tanto de la victoria en aquella famosa tarde de los seis minutos ante la Real Sociedad, que le cargó de confianza. Estuvo a tope en el corto triunfo ante la Juventus, su ex equipo, que precedería a la eliminación en octavos de final. Vivió de cerca la caída en la Copa del Rey ante el Valladolid, en un partido sin explicación y que volvía a dejar sin el único trofeo que no ha conquistado vestido de blanco. El primer
tramo de la temporada había sido para olvidar… pero quedaban meses para
disfrutar de su magia. En el Clásico, con gol y asistencia incluida; en una
portentosa actuación ante el Espanyol en el Santiago Bernabéu; en Sevilla
donde silenció el Sánchez Pizjuán con un tanto lleno de rabia… y en el día
que era protagonista frente al Villareal porque en el coliseo madridista se
rodaba su película, Zidane despejó los comentarios que le señalaban
como uno de los culpables del bajo rendimiento del equipo. Año sin títulos,
pero de demostración de orgullo y compromiso con una camiseta con la que
siempre se sintió identificado. Pese a la renovación que había hecho efectiva con anterioridad, los rumores sobre su retirada iban en aumento. El protagonista ni afirmaba ni desmentía, sólo se centraba en el fútbol. Ante los problemas de Francia, y el clamor popular, Zidane regresaba a la selección junto a otros históricos como Makelele. El mal papel en la Eurocopa de Portugal le hacía sentirse en deuda con el equipo que había aupado a lo más alto. En el Madrid, la situación era complicada. Luxemburgo continuaba en el banquillo, pero las lesiones impedían que cogiera su ritmo de crucero. Sufrió en el inicio del campeonato, no podía colaborar con sus compañeros y los contratiempos se sumaban. Al igual que sucediera en la 2004-05, el cambio de año le sentó bien. Dejó atrás lesiones, y ya con López Caro dirigiendo el equipo, logró sus mejores números. Así llegaron sus últimas grandes actuaciones, y siempre, para alegría de los aficionados que acudían al Santiago Bernabéu, escenario de sus mejores recitales. Primero ante el Espanyol, y sobre todo, en segundo lugar, ante el Sevilla. Aquel día firmó su único hat-trick como futbolista profesional. Pese a que el encuentro fue en el mes de enero, fue su mejor tarjeta de despedida para el madridismo, que aguardará a la última cita de la temporada en Chamartín ante el Villarreal, para devolverle al inimitable Zinedine Zidane sus cinco años de fútbol irrepetible. |
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