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Real Madrid 2 - Stade de Reims 0 |
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Al
Real Madrid, que seguía mandando en Europa sin oposición, le salió un
acompañante de lujo en la cuarta edición de la Copa. Nada menos que el
eterno rival madrileño, el Atlético, que se incorporaba a la gran prueba
como subcampeón liguero. El conjunto rojiblanco era temible, sobre todo
por su peligrosa delantera, que integraban Miguel, Mendonça, Vavá, Peiró
y Collar. Las perspectivas europeas eran razonadamente optimistas. Lástima
que en semifinales tuviésemos que enfrentarnos los dos conjuntos de
Madrid y que uno de ellos quedase en la cuneta, después de tres calientes
partidos, incluido el de desempate en Zaragoza. Como siempre, el Real quedó
exento, como campeón, de la primera cita. El Drumcondra, de Eire, fue el
primer rival del Atlético. La inocencia y escasa potencialidad de los
irlandeses se reflejó en dos marcadores abultados: 8-0 en el
Metropolitano y 1-5 en la vuelta. El siguiente paso tenía más púas, el
CDNA de Sofia, campeón búlgaro. La eliminatoria se decidió en tres
encuentros. En la ida, disputada por cierto en el Santiago Bernabéu, ante
la solidez y disciplina de los búlgaros, vencieron los rojiblancos por
2-1, con un gol de pecho de Vavá y otro de Peiró. Bajo la intensa niebla
se desarrolló el choque de vuelta en el que una defensa numantina del Atlético
permitió que los de casa sólo marcaran un tanto. El desempate, en
Ginebra, fue para los rojiblancos, por 3-1. En esta segunda ronda, ya
intervino el Real Madrid, con un contrario exótico, el Besiktas turco,
que luego no resultó nada cómodo. El aliciente añadido fue la
presentación, como madridista, del húngaro Ferenc Puskas.
"Pancho" iba a ser en los años siguientes, además de compañero
inseparable, una de las mejores bazas ofensivas del Real Madrid campeón. La
incorporación de Puskas, uno de los alicientes coperos La
dureza y fiereza de los turcos, con la actuación realmente excepcional de
su portero Varol, recortó el tanteo en nuestro terreno. Ganamos por 2-0,
el segundo muy polémico porque se produjo tras un fenomenal barullo y
empujón final al balón por parte de Kopa y Marquitos, al alimón. El
portero quedó lesionado, los turcos armaron una gresca de aúpa, pero el
árbitro señaló el centro del campo. En Estambul, empatamos a un tanto,
con Santisteban de goleador, tras ofrecer una gran imagen. Otra vez Varol
evitó nuestro triunfo. Los austriacos se cruzaban de nuevo en nuestro
camino, ya que nos enfrentamos en cuartos de final al Wiener, que había
eliminado a la Juventus, con un espectacular 7-1 en Viena, y al Dukla de
Praga. Por su lado, el Atlético también se imponía al Schalke 04, con
3-0 en Madrid y empate a un tanto en terreno germano. La experiencia
pasada anunciaba dureza en el choque con el Wiener y vaya si la hubo. El
partido fue una batalla en la que salimos perdiendo por culpa de un árbitro
caprichoso. El marcador no se movió, pero pasamos apuros porque Puskas
fue expulsado, injustamente, en el primer tiempo. Otro color bien distinto
tuvo la vuelta. En una exhibición increíble de todas las líneas del
equipo, con Di Stéfano imparable, ganamos por 7-1. Alfredo fue, como
tantas veces, la figura y volvió a repetir su hazaña de la Copa anterior
ante el Sevilla: marcar cuatro goles. Los otros tres nos los anotamos
Mateos, Rial y yo. La
semifinal ante el Atlético, en tres partidos intensos En
semifinales nos esperaba un duelo singular, ante el Atlético. Los
aficionados de cada equipo, tras la desilusión del enfrentamiento
fratricida antes de la soñada final, caldearon a fondo cada partido. El
primero, en el Bernabéu, se disputó un 23 de abril de 1959. El acierto
rematador brilló por su ausencia. Di Stéfano cabeceó un balón al
larguero en el primer tiempo y Vavá falló un penalti que pudo suponer la
igualada definitiva. Se había adelantado Chuzo, en un disparo de lejos,
empató Rial, en un remate de cabeza en plancha, y decidió Puskas, ya
avanzada la segunda mitad, con el lanzamiento de un penalti. Lo ejecutó
mal, flojo, pero superó a Pazos, que llegó a tocar el cuero. Era el
primer tanto de Puskas en Copa de Europa con el Real Madrid. Luego vino el
error de Vavá, mientras nosotros aguantábamos porque jugamos todo el
segundo periodo con diez jugadores por lesión de Santisteban. Dos semanas
después, en el Metropolitano, nos citábamos de nuevo. Los seguidores que
llenaban las gradas quedaron decepcionados porque, en un terreno muy
pesado por las lluvias, los dos equipos jugamos bastante mal. Cuando
concluía la primera parte, Collar, en cesión de cabeza de Vavá, marcó
el único tanto, que forzaba un tercer encuentro. Recuerdo que Alfredo y
Chuzo fueron, como en la ida, los dos mejores. Kopa estrelló un balón en
el larguero y Rivilla me hizo un penalti como una catedral, pero el árbitro,
el inglés Leafe, que dos temporadas después nos haría la gran faena en
nuestra eliminatoria con el Barcelona, no lo señaló. El
desempate en La Romareda hizo justicia para el Real Los
aficionados que abarrotaron La Romareda, donde se jugó el choque de
desempate, dieron toda una lección de deportividad, ya que animaron por
igual a los dos conjuntos. El Madrid, que en los dos encuentros no
respondió en toda su valía, jugó como acomplejado, temiendo sin duda
que su superioridad técnica fuera contrarrestada por la velocidad y las
ganas de los rojiblancos, se quitó de encima todos los complejos y en
Zaragoza ofreció su mejor cara para terminar ganando por un corto 2-1,
tras un partido apasionante, dirigido por el inefable Ellis, otro de los
culpables de nuestra caída ante el Barcelona. Nuestro primer gol llegó a
los quince minutos, en una escapada mía por la banda izquierda, con pase
a Enrique Mateos, que batió con mucho temple a Pazos. Sólo tres minutos
duró nuestro júbilo porque Collar empataba al aprovechar un pase de Vavá.
Veinte minutos más tarde quedó decidida la contienda en un sorprendente
y lejano derechazo de Puskas, lo suyo era la izquierda, tras un centro
pasado mío. Mientras en el Atlético volvía a sobresalir el luchador
Chuzo, bien secundado por Collar y Peiró, y con un flojísimo Vavá, todo
nuestro equipo funcionó como una máquina, con especial mención a
Puskas, Di Stéfano, Santamaría y Kopa. Por mi parte, quedé muy contento
con mi actuación. La
segunda final ante el Reims fue sin duda más cómoda Un viejo conocido nos esperaba en la final de Stuttgart, el Stade Reims, al que habíamos derrotado en la primera final, en París, y que buscaba la revancha. No tuvieron fortuna los franceses o sí la tuvimos nosotros porque, en el primer minuto y en el primer disparo a puerta, Mateos superaba al internacional Colonna cuando aún no se habían apagado los gritos en las gradas. Las complicaciones llegaron en el minuto quince cuando el bronco Vincent, que estaba siendo secado por Marquitos, nos dejó sin Kopa, tras una feísima entrada. Raymond continuó en el campo, pero sin poder moverse. La presión francesa fue constante, pero sin ningún riesgo para nuestra puerta. Es más, fue sin duda la final más cómoda de cuantas disputamos y pudimos golear. Desperdiciamos varias oportunidades de marcar, entre ellas un penalti que Mateos, que había sido la víctima, no acertó a convertir. Nuestra superioridad tenía que reflejarse necesariamente en el marcador y, efectivamente, Di Stéfano, con un cañonazo desde 25 metros, puso un poco más de justicia. Recuerdo las imágenes del público alemán animándome porque sin duda me salió uno de los partidos más redondos de mi vida. El equipo, en general, estuvo enorme, pero de forma muy especial Di Stéfano, inigualable, la defensa, firme como una roca, y la media. La pena es que la auténtica final la habíamos disputado semanas antes en Zaragoza frente al Atlético. |
Ficha Técnica: Real
Madrid: Stade
de Reims: Goles: Incidencias: |
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