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Real Madrid 3 - Milan 2 |
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Quizás
el Madrid de la tercera Copa fuera el más completo Jugamos
el tiempo añadido cansados por el esfuerzo. Los compañeros me pedían
que jugase yo. “Paco, no podemos ni con las botas. Estamos en tus
manos”. Y desde luego no los defraudé. Ya el tiempo extra comenzó con
un zambombazo mío en el que Soldan desvió el balón al poste. La
velocidad del Madrid, pese a todo, se impuso y a los tres minutos de la prórroga,
Kopa me envió una pelota y desde lejos lancé un fortísimo tiro cruzado
que superó al meta milanés. El encuentro estaba terminado porque nadie
podía más. Miles de españoles se lanzaron al césped y nos abrazaron y
apretujaron sin cesar, Todo el equipo madridista rayó a gran altura y el
regreso a Madrid volvió a transformarse en un nuevo jolgorio popular. No
era para menos. Nos habíamos convertido en los tricampeones de Europa.
cena. Es curioso que no marcara Alfredo, aunque, a cambio, jugó de cine.
Santamaría, que también debutaba, tuvo una actuación convincente. El
equipo andaluz fue una bicoca para nosotros. En Chamartín, lo único que
mostraron los sevillistas fue una dureza exagerada, ante la que el Real
Madrid reaccionó con otro encuentro demoledor y un marcador escandaloso:
8-0, lo que suponía, hasta ese momento, nuestra mayor goleada europea. La
mitad del pastel goleador fue para Di Stéfano, que consiguió cuatro
dianas, en tanto que Kopa (2), Marsal y yo redondeábamos la paliza. El
choque de vuelta en Nervión tuvo para mí carácter especial, ya que, por
primera vez en Copa de Europa, no jugué. También descansaron Alonso,
Marquitos, Santisteban y Rial, además del expulsado Marsal. La
eliminatoria estaba decidida. El Sevilla, con empuje y ganas, en su afán
de al menos ganar su partido, marcó dos tantos en el primer tiempo, pero
mi sustituto, Jesús Pereda, igualó con dos ajustados remates. Esta
tercera edición estuvo marcada por el accidente que sufrió la expedición
del Manchester cuando regresaba de Belgrado tras haberse clasificado para
semifinal. Tras la catástrofe, el equipo inglés continuó en la
competición. Ante la emoción contenida de millares de aficionados, un
equipo plagado de juveniles superó en la ida al Milan por 2-1, aunque en
la vuelta, en terreno italiano, cayó por 4-0. El Milan alcanzaba su
primera final. El otro duelo en busca de un finalista enfrentaba a Real
Madrid y Vasas de Budapest. Recuerdo que en Chamartín diluviaba cuando
jugamos el primer choque y el terreno estaba pesadísimo, lo que no fue un
inconveniente para nuestro equipo, ya que volvimos a jugar de fantasía,
sobre todo Rial, que estuvo de sensación, mientras que los húngaros
montaron un descarado cerrojo en busca de evitar la goleada. Di Stéfano,
con un gol de cabeza y otro de penalti por derribo a Kopa, dejó el
marcador en franquía antes del descanso. Luego, Marsal y otra vez Alfredo
sentenciaron definitivamente la eliminatoria. Aunque acudimos a Budapest
con una holgada renta, la verdad es que pasamos algunos apuros porque
varios jugadores, entre ellos Alfredo y yo, acusamos el partido jugado días
antes por España ante Portugal, en el que los portugueses plantearon una
auténtica batalla. En la capital húngara perdimos por 2-0 y los locales
desaprovecharon varias ocasiones de aumentar la ventaja. Lo único que
recuerdo es que Muñoz cometió un penalti tonto con un manotazo y que yo
jugué bastante mal y se escribió que había abusado de retener la
pelota. La final ante el Milan, con el Atomium como testigo, coincidiendo
con la Exposición Universal de Bruselas, fue una de las más complicadas
que tengo en la mente y también una de las que me dejó mejores
recuerdos. Era un jueves 28 de mayo de 1958. Por cierto que precisamente
visitando la Exposición Héctor Rial se torció un tobillo y nos tuvo
preocupados durante la víspera del choque por si no se recuperaba. Con
ambiente muy español, con muchos aficionados españoles en las gradas,
nos encontramos ante un formidable Milan, en el que brillaban Schiaffino,
al que se presentaba como competidor en clase de su compatriota Di Stéfano,
Liedholm, Grillo y Maldini, el actual seleccionador italiano. La final fue
inolvidable para mí porque tuve la suerte de marcar el tanto de la
victoria, ya en la prórroga. Me impresionó el equipo contrario. ¡Qué
forma de jugar! Nosotros opusimos coraje, velocidad y furia, que eran
nuestras tradicionales armas, pero su portero, Soldan, lo paraba todo y al
descanso se llegó sin goles. Pronto llegaron los tantos en la segunda
mitad. El partido se puso feo cuando, al cuarto de hora, Schiaffino
demostraba su clase con un gran gol y Cuchiaroni estrellaba un balón en
la madera. Pero el Madrid no se entregaba, presionaba a lo largo de todo
el campo, en busca del empate, que llegó a la media hora, tras un
forcejeo feroz entre Di Stéfano y Maldini. Alfredo No sé por qué cuando
un entrenador consigue un título abandona el club. En efecto, José
Villalonga, el técnico que nos había llevado a la gloria en las dos
temporadas anteriores, dimitía antes de iniciarse la siguiente, porque se
intentaba colocar a su lado a un asesor físico y técnico, que no aceptó.
Se incorporó Juan Antonio Ipiña, como entrenador oficial, aunque el
argentino Luis Antonio Carniglia era el preparador efectivo. El Real
Madrid, “dueño y señor de Europa”, como había sido calificado,
iniciaba su tercera andadura continental. Pienso que el Real Madrid contó
en todas las Copas de Europa con un equipo superior, completo, y los
resultados quedan ahí, pero si me diesen a elegir quizás el de la
tercera fuera el de más categoría. Era soberbio. Jugábamos Alonso,
Marquitos (o Atienza), Santamaría, Lesmes; Muñoz, Zárraga; Kopa,
Marsal, Di Stéfano, Rial y yo. Quedamos exentos nuevamente de la primera
ronda, mientras que el Sevilla, subcampeón liguero, acompañaba al
conjunto blanco, campeón de Liga y de Europa. Los sevillanos dejaron en
la cuneta a un todavía verde Benfica, que en pocos años dominaría en
Europa, conquistando dos trofeos consecutivos a cuenta de Barcelona y Real
Madrid. Un 3-1 en Nervión, con igualada sin goles en Lisboa, abría el
camino de la segunda eliminatoria. El Aahrus danés seguía la misma
senda, con 4-0 en Sevilla y 2-0 insuficiente en Dinamarca. El Madrid, por
su parte, superaba con más angustia de la esperada al Amberes. Los belgas
perdieron en su terreno por 2-1, ante un rival que demostró clase y
elegancia, al que en esta ocasión le faltó velocidad y garra, pero hasta
tres veces los disparos de los llamados “diablos rojos” encontraron la
madera de Rogelio Domínguez, el guardameta internacional argentino que se
estrenaba con nosotros en Copa de Europa, con el portero superado. La
vuelta fue otro cantar, mucho más sencillo. Nos exhibimos con una
goleada, 6-0. Rial, que estuvo realmente inspirado, marcó tres veces,
mientras que Marsal, Kopa y yo completamos la media docena. Es curioso que
no marcara Alfredo, aunque, a cambio, jugó de cine. Santamaría, que
también debutaba, tuvo una actuación convincente. El quipo andaluz fue
una bicoca para nosotros. En Chamartín, lo único que mostraron los
sevillistas fue una dureza exagerada, ante la que el Real Madrid reaccionó
con otro encuentro demoledor y un marcador escandaloso: 8-0, lo que suponía,
hasta ese momento, nuestra mayor goleada europea. La mitad del pastel
goleador fue para Di Stéfano, que consiguió cuatro dianas, en tanto que
Kopa (2), Marsal y yo redondeábamos la paliza. El choque de vuelta en
Nervión tuvo para mí carácter especial, ya que, por primera vez en Copa
de Europa, no jugué. También descansaron Alonso, Marquitos, Santisteban
y Rial, además del expulsado Marsal. La eliminatoria estaba decidida. El
Sevilla, con empuje y ganas, en su afán de al menos ganar su partido,
marcó dos tantos en el primer tiempo, pero mi sustituto, Jesús Pereda,
igualó con dos ajustados remates. Esta tercera edición estuvo marcada
por el accidente que sufrió la expedición del Manchester cuando
regresaba de Belgrado tras haberse clasificado para semifinal. Tras la catástrofe,
el equipo inglés continuó en la competición. Ante la emoción contenida
de millares de aficionados, un equipo plagado de juveniles superó en la
ida al Milan por 2-1, aunque en la vuelta, en terreno italiano, cayó por
4-0. El Milan alcanzaba su primera final. El otro duelo en busca de un
finalista enfrentaba a Real Madrid y Vasas de Budapest. Recuerdo que en
Chamartín diluviaba cuando jugamos el primer choque y el terreno estaba
pesadísimo, lo que no fue un inconveniente para nuestro equipo, ya que
volvimos a jugar de fantasía, sobre todo Rial, que estuvo de sensación,
mientras que los húngaros montaron un descarado cerrojo en busca de
evitar la goleada. Di Stéfano, con un gol de cabeza y otro de penalti por
derribo a Kopa, dejó el marcador en franquía antes del descanso. Luego,
Marsal y otra vez Alfredo sentenciaron definitivamente la eliminatoria. Siempre
recordaré la final porque marqué el gol del triunfo Aunque acudimos a Budapest con una holgada renta, la verdad es que pasamos algunos apuros porque varios jugadores, entre ellos Alfredo y yo, acusamos el partido jugado días antes por España ante Portugal, en el que los portugueses plantearon una auténtica batalla. En la capital húngara perdimos por 2-0 y los locales desaprovecharon varias ocasiones de aumentar la ventaja. Lo único que recuerdo es que Muñoz cometió un penalti tonto con un manotazo y que yo jugué bastante mal y se escribió que había abusado de retener la pelota. La final ante el Milan, con el Atomium como testigo, coincidiendo con la Exposición Universal de Bruselas, fue una de las más complicadas que tengo en la mente y también una de las que me dejó mejores recuerdos. Era un jueves 28 de mayo de 1958. Por cierto que precisamente visitando la Exposición Héctor Rial se torció un tobillo y nos tuvo preocupados durante la víspera del choque por si no se recuperaba. Con ambiente muy español, con muchos aficionados españoles en las gradas, nos encontramos ante un formidable Milan, en el que brillaban Schiaffino, al que se presentaba como competidor en clase de su compatriota Di Stéfano, Liedholm, Grillo y Maldini, el actual seleccionador italiano. La final fue inolvidable para mí porque tuve la suerte de marcar el tanto de la victoria, ya en la prórroga. Me impresionó el equipo contrario. ¡Qué forma de jugar! Nosotros opusimos coraje, velocidad y furia, que eran nuestras tradicionales armas, pero su portero, Soldan, lo paraba todo y al descanso se llegó sin goles. Pronto llegaron los tantos en la segunda mitad. El partido se puso feo cuando, al cuarto de hora, Schiaffino demostraba su clase con un gran gol y Cuchiaroni estrellaba un balón en la madera. Pero el Madrid no se entregaba, presionaba a lo largo de todo el campo, en busca del empate, que llegó a la media hora, tras un forcejeo feroz entre Di Stéfano y Maldini. Alfredo se fue por velocidad e igualó. La alegría nuestra y de los seguidores duró muy poco porque Grillo, a la media vuelta, volvía a colocar de cara el partido para sus colores. Tampoco fue duradero el júbilo lombardo porque Rial ponía Heysel patas abajo con un excelente tanto. Se llegaba a la prórroga. Es curioso que no estuviese prevista esta contingencia. Antes del encuentro, en una reunión celebrada por la UEFA, de la que era representante español Agustín Pujol, tanto madridistas como milaneses pidieron dos encuentros, uno en cada campo, si se producía el empate. La UEFA dijo que nones, pero no aclaró qué solución adoptaría. Tomaría medidas llegado el caso de igualada. Esta se produjo y decidió jugar treinta minutos más. J Jugamos el tiempo añadido cansados por el esfuerzo. Los compañeros me pedían que jugase yo. “Paco, no podemos ni con las botas. Estamos en tus manos”. Y desde luego no los defraudé. Ya el tiempo extra comenzó con un zambombazo mío en el que Soldan desvió el balón al poste. La velocidad del Madrid, pese a todo, se impuso y a los tres minutos de la prórroga, Kopa me envió una pelota y desde lejos lancé un fortísimo tiro cruzado que superó al meta milanés. El encuentro estaba terminado porque nadie podía más. Miles de españoles se lanzaron al césped y nos abrazaron y apretujaron sin cesar, Todo el equipo madridista rayó a gran altura y el regreso a Madrid volvió a transformarse en un nuevo jolgorio popular. No era para menos. Nos habíamos convertido en los tricampeones de Europa. Marsal, Di Stéfano, Rial y yo. |
Ficha Técnica: Real
Madrid: Milan: Goles: Incidencias: |
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